Situar a las ciudades en el epicentro de la
batalla de la sostenibilidad no debería admitir apelación alguna[1]; su papel
protagonista en la búsqueda de estrategias que garanticen la perdurabilidad de
los valores ambientales y el incremento de la equidad social, tampoco. Resulta
incontestable que las ciudades, como urdimbre de un intenso intercambio
sociocultural y la transferencia del conocimiento, deban jugar un rol destacado
en ese Cambio
Global que analizan los informes realizados recientemente por el CCEIM.
Es por ello que la necesidad de un cambio de
paradigma en el urbanismo es una cuestión tan urgente y necesaria como
ineludible. Sin duda, esta puede la idea fuerza sobre la que cocinar el
futuro de las ciudades. Pero ¿cuáles serían los ingredientes de una
revolucionaria receta urbana? Evidentemente muchos y muy variados, pero entre
todos ellos me gustaría destacar algunos que considero básicos.
La lista que se presenta a continuación recoge conceptos que a muchos les serán conocidos, incluso a algunos podrán sonar manidos, pero que no por reiterarlos deja de ser necesario pronunciarlos. A fin de cuentas, la repetición es la base del aprendizaje.
La lista que se presenta a continuación recoge conceptos que a muchos les serán conocidos, incluso a algunos podrán sonar manidos, pero que no por reiterarlos deja de ser necesario pronunciarlos. A fin de cuentas, la repetición es la base del aprendizaje.
DENSIDAD, COMPACIDAD, CONTINUIDAD Y
COMPLEJIDAD. Los cuatro conceptos urbanísticos preferidos de Ramón
López de Lucio deberían convertirse en una suerte de tretarquía
autoritaria para el urbanismo del siglo XXI: ¡Abajo las urbanizaciones de casas
unifamiliares! ¡Abajo el desparrame urbano indiscriminado! ¡Abajo la
fragmentación espacial derivada del sobredimensionamiento de espacios verdes e
infraestructuras viarias! ¡Abajo las zonas monofuncionales de la ciudad!
Fotograma de la película Metropolis
LA
MIRADA INTERIOR Y LA REGENERACIÓN URBANA. La práctica del urbanismo como
actividad de proyectación ex novo debe tocar a su fin. Durante los
últimos años en Españase ha construido demasiado y demasiado rápido. Ahora toca
subsanar los errores de este frenético afán edilicio. Pero la velocidad y la
cantidad no han sido la principal causa del actual estado de las nuevas
periferias de las ciudades, sino la manera en la que se han
ejecutado.
Por lo tanto, la regeneración urbana no puede entenderse
exclusivamente como la rehabilitación de zonas degradadas de la ciudad –la
del barrio
de La Mina en Barcelona es un ejemplo paradigmático a este respecto-, sino
como la intervención en aquellas zonas (nuevas o viejas) de la ciudad con
importantes déficit de actividad, equipamientos, relaciones, flujos… caso de los
archifamosos PAUs madrileños (Sanchinarro, Vallecas…).
A los jóvenes urbanistas del siglo XXI nos
toca enmendar los errores de nuestros mayores: su más valiosa herencia ha
sido dejarnos tanto trabajo por hacer.
Pero la regeneración de la ciudad insuflándole actividad y densidad no es solo una cuestión de diseño, también tiene que ver con las políticas de control sobre la ocupación de la vivienda y lo regimenes de arrendamiento de la misma. Un aumento de la ocupación temporal y rotacional del parque residencial influiría en los precios de alquiler y venta, posibilitando el acceso a una vivienda digna a un coste razonable.
De este modo, una idea tan sencilla como la creación de agencias municipales de control de la ocupación de la vivienda podría suponer una poderosa herramienta contra la especulación inmobiliaria y el sobreprecio actual de los precios de alquiler y venta de las casas. Entre los posibles cometidos de estas oficinas no sólo estaría garantizar la ocupación de los bienes inmuebles, sino también certificar los derechos y obligaciones de las partes implicadas en el contrato de arrendamiento.
Pero la regeneración de la ciudad insuflándole actividad y densidad no es solo una cuestión de diseño, también tiene que ver con las políticas de control sobre la ocupación de la vivienda y lo regimenes de arrendamiento de la misma. Un aumento de la ocupación temporal y rotacional del parque residencial influiría en los precios de alquiler y venta, posibilitando el acceso a una vivienda digna a un coste razonable.
De este modo, una idea tan sencilla como la creación de agencias municipales de control de la ocupación de la vivienda podría suponer una poderosa herramienta contra la especulación inmobiliaria y el sobreprecio actual de los precios de alquiler y venta de las casas. Entre los posibles cometidos de estas oficinas no sólo estaría garantizar la ocupación de los bienes inmuebles, sino también certificar los derechos y obligaciones de las partes implicadas en el contrato de arrendamiento.
TRANSDISCIPLINARIEDAD VS
MULTIDISCIPLINARIEDAD. Desde que empezamos con Paisaje Transversal siempre
he sido muy testarudo con reivindicar el adjetivo transdisciplinar (de ahí
nuestro nombre) frente al de multidisciplinar o interdisciplinar. Y no por puro
un capricho lingüístico: existen
diferencias fundamentales entre los dos términos incardinadas en el propio
devenir de la práctica urbanística.
La palabra multidisciplinar hace referencia
a una manera de hacer urbanismo en la que existe un eje disciplinar
preferente (el arquitectónico-urbanístico) sobre el que se implementan las
sugerencias provenientes de otras disciplinas, que en la mayoría de los casos no
sirven más que de coartada para afianzar el discurso del arquitecto (guión
urbanista en el mejor de los casos) de turno.
Una metodología transdisciplinar en
cambio, tiene que ver con la desaparición de la hegemonía arquitectónica en
la toma de decisiones y con el consenso, coordinación y convergencia
disciplinar. La permeabilidad teórica y conceptual son imprescindibles, ya
que se trata de construir el proyecto urbano transversalmente desde su
base, estableciendo acuerdos y un reparto equitativo de los poderes en la toma
decisiones[2].
PARTICIPACIÓN CIUDADANA Y TRANSPARENCIA. Lamentablemente, en la actualidad la participación ciudadana aplicada a los proyectos urbanos se confunde con el periodo de alegaciones. Evidentemente, no me refiero a esa conceptualización cuando decimos que el urbanismo del siglo XXI tiene que incorporar radicalmente la participación ciudadana. A la hora de hablar de urbanismo y participación la consigna es clara: el proyecto urbano debe incorporar desde el inicio los deseos y necesidades de la comunidad a la que está destinada. De hecho, un proceso verdaderamente participativo alcanzaría su último estado de desarrollo cuando desapareciesen las alegaciones por innecesarias; ya que el proyecto, al devenir en comunitario, satisfaría las apelaciones echas por los ciudadanos.
En el caso de España la consecución de este reto plantea dos importantes escollos. Por una parte, la falta de interés y compromiso por parte de la clase política y las administraciones por llevar a cabo procesos de estas características; y por otra, la falta de bagaje de la ciudadanía para implicarse en ellos.
En lo que a la transparencia se refiere, podemos sentenciar que se trata del concepto fundamental sobre el que sustentar la participación ciudadana y el único instrumento con el que combatir la corrupción urbanística. Pero la aplicación de la transparencia en la esfera política habría que llevarla hasta el extremo: ¿Por qué no se empiezan a registrar en vídeo o se monitorizan todas las reuniones que ediles, alcaldes, propietarios del suelo y técnicos mantienen con motivo de la redacción de un plan?
CAMBIO DE FIGURA REGULADORA. La figura
del Plan General como instrumento de regulación urbanística resulta a todas
luces inoperante. Frente a una realidad urbana, social y económica en
constante y vertiginoso cambio el urbanismo debe dar respuesta instantánea a las
situaciones que van surgiendo en la ciudad. La nuevas herramientas
informática (Sistemas de Información Geográfica, software de diseño paramétrico,
redes sociales…) permiten un seguimiento y modificación de la normativa a tiempo
real.
Los Planes Generales son lentos, exhaustivos y pesados. El futuro de las ciudades no puede estar constreñido por una serie de normativas inflexibles que se revisan cada muchos años. La regulación urbanística debe ser flexible, marcar leyes generales y posibilitar que la resolución de casos concretos se realice en función del contexto social y económico del momento en los que sean ejecutados. Cristalizar el estado prospectivo de una ciudad en un documento tan rígido como el Plan General es como acudir a la pitonisa Lola a que te prediga el futuro y esperar que sus vaticinios se cumplan.
Los Planes Generales son lentos, exhaustivos y pesados. El futuro de las ciudades no puede estar constreñido por una serie de normativas inflexibles que se revisan cada muchos años. La regulación urbanística debe ser flexible, marcar leyes generales y posibilitar que la resolución de casos concretos se realice en función del contexto social y económico del momento en los que sean ejecutados. Cristalizar el estado prospectivo de una ciudad en un documento tan rígido como el Plan General es como acudir a la pitonisa Lola a que te prediga el futuro y esperar que sus vaticinios se cumplan.
[1] Veánse, por ejemplo, las consideraciones que hace Fernando Prats (AUIA) a este respecto en la entrevista que le hicimos recientemente: http://paisajetransversal.blogspot.com/2010/12/entrevista-fernando-prats-palazuelo.html
[2] A este respecto son muy interesantes las consideraciones que hace Salvador Rueda en la entrevista que le realizamos el pasado mes de diciembre: http://paisajetransversal.blogspot.com/2010/12/salvador-rueda-licenciado-en-ciencias.html#more






